El corte de la cabeza
El puro se corta por la cabeza, el extremo que se lleva a la boca, retirando solo una fina porción del capuchón. Un corte limpio, hecho de una vez con una guillotina bien afilada, deja un tiro abierto sin deshilachar la capa. Cortar de más arruina la construcción y el envoltorio puede empezar a desenrollarse.
Hay quien prefiere el corte en V o el punzón, que abren un canal en lugar de una superficie plana. Cualquiera de los métodos sirve; lo esencial es no pasarse. Antes de encender conviene dar una calada en seco para comprobar que el aire circula sin esfuerzo.
Encender sin prisa
El fuego se aplica con una llama neutra, como un fósforo largo de madera ya sin cabeza de azufre, una cerilla de cedro o un mechero de gas sin olor. Se evitan las llamas con aromas fuertes que contaminan el sabor. El pie del puro se acerca a la llama sin tocarla y se gira despacio hasta que todo el contorno prende de forma pareja.
Un encendido desigual hace que el puro arda torcido y queme mal. Por eso merece la pena dedicarle medio minuto, soplando con suavidad sobre la brasa para comprobar que toda la superficie está encendida antes de la primera calada.
Catar: mirar, oler y saborear
Catar un puro es prestar atención. Las caladas se dan lentas y espaciadas, sin tragar el humo, dejándolo un instante en la boca para percibir los matices, que van de la madera y el cuero a notas dulces, terrosas o especiadas según el tabaco. Fumar deprisa recalienta el puro y amarga el humo.
Conviene no sacudir la ceniza a cada momento: una ceniza firme y compacta es señal de buena hoja y ayuda a mantener la temperatura. El puro no se apaga aplastándolo como un cigarrillo, sino que se deja reposar en el cenicero hasta que se extingue solo. Catar despacio es también una forma de apreciar el oficio que hay detrás de cada cigarro.
El ritmo y el reposo del puro
Un puro no se fuma como un cigarrillo. La clave está en el ritmo: una calada aproximadamente cada minuto suele bastar para mantener la brasa viva sin recalentarla. Si el puro se apaga por dejarlo demasiado tiempo, no pasa nada; basta con retirar la ceniza, reavivar el pie y volver a encender con cuidado.
También conviene rotar el puro de vez en cuando para que arda parejo y corregir a tiempo cualquier desviación de la brasa. Si el tabaco ha estado muy seco o muy húmedo, el tiro lo delatará, dando pistas sobre su conservación. Prestar atención a estas señales convierte la fumada en una lectura del propio puro, y no solo en un acto de consumo.